Thursday, September 1, 2011

A propósito del poema "Solo yo amé" de Lourdes Batista










A veces es bueno volver al pasado y rebuscar... ¡A veces encuentras cosas buenas en ese pasado! Como este ensayo que hiciera mi amigo venezolano José Rodríguez sobre mi poema inédito "Solo yo ame" Aquí lo traigo a consideración de ustedes.


Hoy me tropecé con un poema (raro en mí, dirían con ironía, quienes me conocen). En otras oportunidades, he hablado de cómo muchas veces recurro a esos seres maravillosos a quienes llamamos poetas, para entablar un diálogo con ellos y así encontrar ayuda para, en algunos casos, mitigar alguna pena, para contarles de mis éxitos, de mis alegrías*. Pero, con respecto al poema con el que me tropecé esta mañana, confieso que su lectura la había estado postergando hasta tanto pudiera encontrar el tiempo y el lugar adecuados, pues considero que hacer algún comentario acerca del mismo, es como caminar sobre un campo minado.

En primer lugar, no soy crítico literario, profesión que, por demás, me causa tanto escozor como el producido por el sarpullido. Soy del mismo pensar de Byron: “Más bien… Busca rosas en diciembre o hielo en junio; espera encontrar constancia en el viento o grano en la paja; cree en una mujer o en un epitafio, o en cualquier otra cosa que sea falsa, pero no te fíes de los críticos.” En segundo término, soy amigo de su autora, lo cual me pone la piel de gallina, pues imagínense si llegase a escribir algo inconveniente, de seguro que todos los sicarios del área de Long Island estarían haciendo cola a las puertas de mi casa para hacerme pasar el páramo en escarpines.


Es mucho lo que se ha escrito acerca de la especificidad del discurso poético, no es el propósito de esta nota escribir un tratado acerca de este género literario desde Aristóteles hasta la poesía contemporánea, tan sólo me limitaré a hacer unas muy pocas referencias en cuanto a algunas características peculiares del discurso poético que utilizaré a manera de refuerzo para mis apreciaciones, con la promesa de que no plagaré la nota con las referencias bibliográficas, pues en esta oportunidad escribo para entretener, no para hacerme ver como un erudito.


A manera de introducción, permítanme hacer unas pequeñas consideraciones acerca del discurso poético.


En primer lugar, el poeta al realizar su acto de comunicación, lo hace en base a unos cuantos presupuestos, el más importante, tal vez, lo es el hecho de que escribe para un lector, alguien pudiera reclamarme que esta es una verdad de Perogrullo, tal vez le asista el derecho, pero es una de las reglas del pacto literario. De igual forma, cualquiera pudiera quejarse de uno de los aforismos más cerrados que se encuentran en las leyes de todos los países, “La ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento”, sin embargo, es uno de los principios legales heredados del derecho romano que no permite ninguna objeción.


El poeta se convierte entonces en el generador de un mensaje ficcionario con el propósito de que alguien lea su poema. En cuanto a este presupuesto siempre he pensado que el poeta juega con ventaja al manejar, tanto el código como los signos empleados en su acto comunicacional. ¿Por qué digo esto?, pues por la sencilla razón de que es él quien escoge las estrategias a la hora de escribir su poema, y si no, pregutémonos ¿por qué casi nunca conocemos el contexto en que fue escrito el poema? Es el autor quien escoge los elementos retóricos para hacer su enunciado.


Otro de los presupuestos en que se basa el poeta al escribir, lo constituye el hecho de que hay una condición sine quanon de que el lector acepta el pacto de lectura propuesto por el poeta.


Sin ánimo de querer constituirme en un teórico de la comunicación quiero hacer una observación al esquema planteado por Jakobson para explicar las funciones del lenguaje en el proceso de la comunicación, en el que en primera instancia coloca al emisor del mensaje, que en nuestro caso sería el poeta. Pienso que en el discurso poético este esquema sufre una variación, pues el emisor (poeta) experimenta una especie de simbiosis con el mensaje, y ambos, fusionados en un sólo ser, nos comparten sus vivencias. Y esto es lo peculiar, lo especial, lo mágico del discurso poético, pues el poeta se transporta a sí mismo, o se proyecta a sí mismo hacia un mundo de su imaginación, un mundo que él es libre de construir tan diferente de nuestro mundo como le plazca. Por ello, como alguna vez McLuhan dijo “el medio es el mensaje”, yo me atrevo a sentenciar que en la poesía “el poeta es el mensaje”. Esta cualidad de la poesía no sólo actúa de manera mágica en el autor, también trasciende hasta la individualidad del receptor (lector) quien atrapado penetra al mundo del poeta, pues se han satisfecho ciertas condiciones de propiedad; como si fueran unas energías telúricas emanadas del mismísimo centro de la tierra, cada palabra, cada verso te hace sentir como que te has apropiado de las vivencias, que en su diálogo contigo, te ha contado el autor.


Todos, cuando digo todos, quiero abarcar a toda la humanidad, vivimos en un mundo sujeto a muchas convenciones, lo que hace que en lugar de vivir, solo existamos, solo ocupemos un lugar en nuestra familia, en nuestra pareja, en nuestro trabajo, en nuestra comunidad.


Afortunadamente nuestro creador, por su misma naturaleza, al ver que su creación llegaría a convertirse en algo parecido a un autómata, dotó a algunos hombres y mujeres con la sensibilidad suficiente para que con sus creaciones provenientes de su intuición, como diría Benedetto Croce al referirse a las obras de arte, impresionaran nuestros sentidos de tal manera que mudos, exclamemos para nuestros adentros ¡Oh cuanta belleza!, y por un momento nuestros estados de ánimo experimenten cambios favorables.


Las manifestaciones artísticas son variadas, pero mayormente nos vemos atraídos por aquellas que tienen que ver con las palabras, pues las palabras son los elementos que usamos para manifestar lo que hay en nuestro ser. Nosotros, a cada momento necesitamos expresar nuestras necesidades más profundas, especialmente cuando nuestro mundo, nuestro entorno se ve afectado de tal manera que se precisa que hagamos grandes esfuerzos para restablecer el equilibrio que habíamos perdido.



Octavio Paz nos dice:



“La palabra es el hombre mismo.


Sin ellas, es inasible.


El hombre es un ser de palabras.”



Cuando decía que hoy me había tropezado con un poema, lo decía de manera literal, hoy pensaba escribir de esos lugares maravillosos como lo son los puertos, pero a la verdad, Urania, se empeñó en que hoy no me inspiraría para eso. Un poco mosqueado empecé a revisar las notas que tengo archivadas, y entre ellas me encuentro con este poema, sentí la voz de su autora al llamarme por mi nombre, y me decía “¿Por qué no lees este poema?” “No me digas que te sientes cortado ante sus versos”. Honestamente, no, -le contesté.


-Lo que ha ocurrido, es que he querido leerlo con calma. Como hago con casi todos los poemas a los que considero “interesantes”. Si su autora supiera la concepción que tengo del calificativo interesante”, de seguro que me lanzaría a la cabeza, cualquier cosa que tuviera en sus manos, ya que siempre he considerado que cuando alguien dice: “Ah. Sí. Me pareció interesante”, No está diciendo nada, es una expresión no comprometida”. Me explico, no se está diciendo nada, no se dice si es bueno, si es malo, ni siquiera regular o aceptable, sólo se está diciendo“es interesante”.


Entremos, pues, a la lectura del poema. Como dije en párrafos anteriores, en el discurso poético “el autor es el mensaje”, y este poema es un claro ejemplo de esta afirmación. Su autora, ataviada con un bello conjunto de 2 piezas, en blanco a rayas negras, que dejaba ver el inicio de la perfecta arquitectura de las torres gemelas; al cuello colgada una pajarita de un color parecido al vinotinto, sus lentes y un peinado, por lo demás exquisito, que en todo su esplendor ofrecía una imagen muy elegante y muy sexy a la vez, (lo de sexy es un eufemismo por callar el vocablo que quería escaparse de mi intelecto, ¿cuál? se preguntarán, pues con el mayor de los respetos para con ella y para con ustedes, “sensual”) hizo su entrada a mi biblioteca con una personalidad que intimidaba al “más pintao”. Con un timbre de voz, demasiado grave para una mujer, me saca del ensimismamiento en que me encontraba, pues oía “Moonlight Serenade” interpretada por el brasileño Eumir Deodato, y les acoto que aunque me gusta la versión de Glenn Miller, la cual oigo cuando me siento retro, considero que la versión de Deodato es como más completa, con más brío, y de verdad que me transmite la sensación de que alegremente camino por la playa de una isla paradisíaca tomado de la mano de mi compañera, y a lo lejos, después de un cocotal, se distingue una especie de bungalow, el cual se ve iluminado, mientras se escuchan las notas de esta melodía que nos invitan a que entremos y nos dejemos envolver por su magia al bailar al compás de la música. Bien, después de su entrada, la autora me dice que viene a platicar conmigo, que desde hace algún tiempo quería hablarme de una de sus vivencias.


Ante tan magnífico ejemplar de mujer, no me quedó otra cosa que hacer, sino levantarme de la silla en que me encontraba, y titubeando la invité a tomar asiento en un mueble sofá que utilizo para sentarme a imaginar y a soñar situaciones de las que en alguna oportunidad escribo. Moviendo muy sinuosamente sus caderas, y despidiendo un aroma muy penetrante, pero agradable, un olor que de sólo una mujer como esa podría emanar, era como un efluvio que olía a mujer, a femineidad, a hembra, que se apoderó de toda la superficie del salón en que nos encontrábamos y de todos mis sentidos. Ya sentada, me observó y con un leve movimiento de su mentón me insinuó, no, que insinuar ni que nada, me ordenó que me sentara a su lado. Hay veces que he llegado a pensar si en otra vida no fui el perro de Pávlov, al que en una variación del experimento del reflejo condicional, en lugar de utilizar comida, utilizaron la presencia de una mujer hermosa, y, al toparme con una comienzo a segregar un flujo de saliva en cantidades industriales. Esta vez, la saliva que tragaba no era líquida, era más bien sólida y como que me rasgaba la garganta al circular por ella. De veras que la emoción que sentía era algo más profunda que el miedo, era terror. Lo más lejos que me permitía el mueble, me senté a su lado, tuve que apretar con las dos manos muy fuertemente, primero los labios, luego la nariz, y por último los oídos, pues el corazón en loco ímpetu quería salírseme por cualquiera de las hendiduras de mi cara. Ella, me observaba detenidamente, se quitó los lentes, ¡Oh Dios! Los ojos más grandes y fulgurantes que haya podido ver jamás, se descubrieron ante mi mirada. Nunca me ha agradado la oscuridad, y siempre me gusta estar en espacios iluminados, pero lo que ocurrió en ese momento, fue increíble, de pronto toda la sala adquirió un resplandor como nunca antes había visto en la biblioteca.


Con voz pausada, y como dije antes, muy grave, me preguntó:


—¿Sabes quién soy? Moví la cabeza negativamente, pues no quería abrir los labios, ya que temía que por allí se me escapara el corazón.


—Soy la poesía, soy la inspiración del poeta, soy Érato, quien se materializa en cada poeta cuando éste se dispone a derramar su alma en sus poemas al escribirlos.


—¿Por qué no has leído el poema “Sólo yo amé”? -Inquirió.


—Lo he leído, pero he ido postergando su, lo que yo llamo,“lectura joseísta”.


—¿Cómo es esa lectura?


—Es una lectura parecida a la que llaman analítica. Es casi como la que hacen los que escriben ensayos sobre el análisis de los poemas, pero mi lectura es diferente, pues yo no hago ningún análisis estructural, ni estilístico, ni examino la estética del texto. Mi lectura es básicamente, lo que yo creo que me está comunicando el poeta en su escrito.


—Y ¿qué te dice la autora de este poema?

—Permíteme leerlo detenidamente.


Como si hubiese sido hipnotizado, no advertí nunca cuándo abandonó la biblioteca. Al igual que si despertara de un sopor provocado por algún narcótico, extrañado, noté que en lugar de estar sentado en el mueble sofá, estaba sentado en la silla de mi escritorio. ¿Sería un sueño? Pero, el olor de ella aún perduraba en la atmósfera. Busqué en la computadora el archivo donde había guardado el texto del poema, y comencé a leer.



Mi vagina llora


En un bosque de agitación deliciosa


cambalaches de besos


tanto di, tanto pedí y al final


descubrí que solo yo amé.



Mi sexo húmedo de mar


Repleto de caracolas


ofertado a un judas al


que le di guardar un sueño.


como Ariadna fui olvidada


te endiosé en mis versos


Te canté en mis poemas


trozos de alma virgen.



Solo fútiles palabras quedan


de aquel amor fortuito


Iniciaremos el viaje


al camino del olvido


yo con dolor veré que


nunca fuiste mío.


Y al final diré que yo amé sola



©Lourdes Batista



Después de haber leído y releído este poema, empecé a ver lo que su autora me decía, hago la salvedad, es lo que “yo” creo que me dice el poema, cualquiera puede encontrar otra interpretación.


Guardando las distancias, siempre he considerado los poemas, como una sinfonía musical, con sus movimientos habituales, allegro, andante en forma de sonata, andante en forma de scherzo para presentar variaciones del tema principal y el cuarto movimiento llamado finale en forma de scherzo. Estos movimientos son clásicos, pero algunos autores han agregado un quinto movimiento, convirtiéndose el cuarto movimiento en una sonata para introducir más variaciones del tema principal. El poema que nos ocupa podría decirse que es una sinfonía de cinco movimientos. He llegado a comparar algunos poemas con la Quinta Sinfonía de Bethoven, comparación muy apropiada para este poema. Se ha dicho que esta sinfonía comienza con un motivo muy característico de cuatro notas 'corto-corto-corto-largo' repetido dos veces. Dudo mucho que este "tatatataa" no haya sido escuchado en todos los rincones de todo el globo terráqueo. De la misma forma en “Sólo yo amé” existe un motivo musical que se oye a lo largo de todo el poema, este motivo se nos viene dado desde el mismo título Sólo yo amé. Sólo yo amé, suena como un grito desgarrador proveniente de un alma dolida, como el llanto de las lamentatrices que, según el profeta Jeremías, el Dios de Israel mandó a su pueblo a hacer venir lloronas para que sirvieran de testimonio ante la desolación que debía causar al pueblo judío la devastación de Judea.


El primer verso, escrito en el tiempo de Alfonsina Stormi, hubiera hecho que quien lo hubiera escrito padeciera los rigores del puritanismo que sufriera la autora de Ocre, pero no, la estética de la poesía contemporánea ha rebasado los límites del anacrónico fariseísmo y la mojigatería en las artes. La mujer a base de constancia y fervor ha ido conquistando espacios en un mundo, especialmente en el universo lingüístico de la poesía donde su presencia se ha visto subsumida en lo universal, mostrándose como un ente derivado de lo masculino. Gracias a esta circunstancia es que hoy día podemos leer de la mano de una mujer como nos dice, sin ningún vestigio de rubor en sus carnes, sin ningún empacho, la sentencia “Mi vagina llora”. La sentencia es clara. Nos dice que quien la hace es una mujer. Pues, no creo que alguien que se haya hecho el cambio de sexo, pueda decir que es poseedora de una vagina. Ahora bien, ¿es el órgano genital de su autora la que llora? No. Es ella quien llora, su alma, su femineidad y nos lo dice de manera concisa, pero a su vez, tan resonante que pareciera el redoble de un timbal, semejante al primer movimiento de la sinfonía “Los estados de la mente “de Aparicio-Barberan que después de la introducción de los clarinetes, súbitamente hacen la entrada los timbales. Mi vagina llora, no suena a lamento, es más bien la declaración de un estado anímico provocado por algún desafortunado hecho ocurrido en su vida. El verbo en presente indicativo expresa que el dolor causado, perdura en el ánimo de la poeta, tal vez, porque ella en estos momentos está haciendo un inventario de los bienes que le ha dejado el amor, y al ver que el saldo está en rojo, todo su ser la empuja a derramar lágrimas de naturaleza incierta, no nos lo dice, pudieran ser de tristeza, no lo creo, diría más bien que de amargura.

Cuando leí el verso “en un bosque de agitación deliciosa” la luz amarilla del semáforo se encendió en mi cerebro, advirtiéndome, ¡Epa cuidado! ¡Warning! ¡Precaución! ¿Por qué tenía que ser precavido? ¡Ah! El clásico prejuicio de que cualquier referencia que se haga al encuentro de amantes nos susurra al oído de que se está hablando de hedonismo. Y mi pregunta es ¿el amor físico no es hedonista? ¿Qué perseguimos cuando nos unimos a nuestra pareja? ¿No es el placer, pero no como un fin en sí mismo, ni como gratificación sexual, sino como la más sublime expresión del amor que sentimos por nuestra compañera? Sin caer en radicalismos, creo en el hedonismo propugnado por la controvertida escritora francesa Valérie Tasso que dice que el hedonismo es una actitud ante la vida, que el placer debe buscarse donde éste se encuentre, no donde se busque. “en un bosque de agitación deliciosa”. Si le pedimos “linealidad” al lenguaje poético, nos encontraremos con muchas sorpresas, y no sólo sorpresas, perderíamos, muchas veces, el sentido del mensaje que se nos ha querido comunicar. Esto me pasó el querer aislar este verso del quinteto que conforma esta estrofa, pues debe leerse en conjunción con el siguiente, sin embargo, si en lugar de ver el verso como una frase, lo leemos como el complemento de una oración cuyos sujetos y verbos son sugeridos por las bellas imágenes que insinúa de manera magistral la metáfora empleada, podríamos establecer una comparación del sustantivo “agitación deliciosa”, con el toque del bongó que usa Harold Pinter en “El amante” para hacer alusión al acto sexual de la pareja. Con la entrada de las cuerdas, especialmente los violines, prosigue este primer movimiento de la sinfonía para presentarnos, en una atmósfera cargada de erotismo sublime, el encuentro de los amantes, luego aparecerán las violas y los cellos para imprimirle todo el sentimiento que alberga el alma de la amante en ese momento tan maravilloso que bordea los límites de lo inefable. El sustantivo bosque, intrínsecamente propone la idea de pluralidad, recordemos el decir “un sólo árbol no hace un bosque”. ¿Cuál es la pluralidad a que nos remite la imagen de este bosque? ¿Los encuentros? ¿Las caricias? ¿Los miembros anteriores y superiores de los cuerpos enlazados en un abrazo? “de agitación deliciosa” este sustantivo con su calificativo nos dan la respuesta, el bosque se refiere a los miembros superiores e inferiores de los cuerpos. Siempre me admira la forma como las listas de reproducción de mi WMP aparecen, pareciera como si la mano de un prestidigitador sacara de su chistera la melodía que de manera idónea se concatena con las ideas que afloran en mi intelecto; en estos momentos está reproduciendo “You're my everything” de Santa Esmeralda, y justamente los versos “when I kiss you're lips I feel the roaring thunder to my fingertips and all the while mi head is in spin” me hacen evocar cuando también me introduje en algún bosque de agitación deliciosa, sintiendo como el trueno rugía en la punta de mis dedos mientras mi cabeza daba vueltas al sentir las caricias y besos de mi pareja.


El tercer verso de este quinteto “cambalaches de besos” es una declaración fuerte, pienso que el sujeto lírico, nos quiere mostrar el mal sabor de boca que le dejaron los besos y las caricias prodigadas por su amante. Sí. En lugar de miel, es bilis lo que exuda por sus poros. Está asqueada al rememorar eventos que en lugar de recodarlos por lo hermoso que pudieron ser, más bien los evoca como algo grotesco. Fíjense en el sustantivo que emplea “cambalaches”, ¡Guau! Lo lamento, hablo español, no inglés, de lo contrario mi exclamación fuese entonces ¡Wow! A la verdad que hay palabras que suenan feo, huelen feo, y dan una idea de que su significado también es feo. Aunque, tengo en claro el significado de esta bien “retefea” palabra, como dirían mis amados hermanos mejicanos, busqué en la web definiciones de la misma y fíjense lo que encontré:


Cambalache ‘trueque!, 1537. Del anticuado cambalachar ‘trocar’, 1589, probablemente tomado del portugués, donde deriva del anticuado cambar por ‘cambiar’.


Cambiar, 1068. Del latín tardío cambiare ‘trocar’, de origen céltico.»


[Corominas, Joan: Breve diccionario etimológico de la lengua española. Madrid: Gredos, 31987, p. 122]


● «cambalache:  coloquial, despectivo. Trueque, frecuentemente malicioso:

Es un artista del regateo y el cambalache.


También usado en sentido figurado, para designar un acuerdo o negocio que tiene componentes censurables:


¡Se acabaron las componendas y los cambalaches en este ayuntamiento!»

[RAE: Diccionario del estudiante. Madrid: Santillana, 2005, p. 247]


● «almoneda | cambalache | intercambio | permuta


Cambalache es el trueque de objetos de bajo valor.


[Zainqui, José María: Diccionario razonado de sinónimos y contrarios. Barcelona: Editorial De Vecchi, 1997, p. 174]


● «ropavejero | cambalachero | chamarilero | chatarrero | prendero | trapero


El cambalachero se dedica al cambio o trueque de objetos de poco valor


[Zainqui, José María: Diccionario razonado de sinónimos y contrarios. Barcelona: Editorial De Vecchi, 1997, p. 641]


● cambalache. (De cambiar).

1. m. Trueque, considerado con desprecio, jactancia, satisfacción, pesar u otro movimiento del ánimo que se expresa por el tono y el contexto.


2. m. Trueque hecho con afán de ganancia.


3. m. Trueque de diversos objetos, valiosos o no. U. t. en sent. despect.


4. m. coloq. Trueque, con frecuencia malicioso, de objetos de poco valor.


5. m. Arg., Par. y Ur. prendería.



[DRAE]




Por supuesto que otro ¡GUAU!, y ahora en mayúsculas. Cuanto desprecio hay en el ánimo de esta mujer. Qué manera tan despectiva de referirse a esos momentos tan divinos. Aquí son los clarinetes y los trombones quienes emprenden un largo contrapunto de notas disonantes, llenando la atmósfera de un sentimiento de repulsión.


El verso subsiguiente tanto di, tanto pedí y al final, es un reclamo. Un reclamo al amor, a la vida, a ella misma. Recuerdo que en una oportunidad conversaba con un viejo amigo, el ”príncipe de los cínicos”, quien después de una sesión de diván donde le hablé de mis cuitas amorosas, me miró con un gesto muy característico en él, el de levantar la ceja izquierda, y con el tono más irónico del que era capaz, me preguntó “El amor, pero, ¿qué es el amor?” Parafraseando a Víctor Hugo le contesté –El amor es aquello que hace cobardes a los hombres y valientes a las mujeres. Continuando con mis conocimientos profundos acerca del amor, le dije, no se sabe quién haya escrito este pensamiento acerca del amor: "Amar es entregarse siempre, cada vez más y sin medida, es comprender la vida, es un poco fallecer mas es alegría y goce dulcísimo también, en una palabra AMAR es VIVIR". No notan como en cada frase del mismo se revela un aspecto del amor, y en conjunto se entiende la verdadera esencia del amor, la cual no es otra “AMAR es VIVIR”. Eso fue lo que ocurrió con esta mujer su entrega a su amado fue total. Tanto en el panteón griego como en el romano, la representación del amor es un niño, son muchos los que en tono de burla, por ignorancia supina, han pensado que eros o cupido son representados por un niño porque se quiere dar la idea de que es un niño travieso y con sus flechas lo que hace son jugarretas, en lugar de disparar sus flechas con la noción de que las personas escogidas son idóneas para el amor. A mi manera de ver, esta representación hace referencia a la inocencia, a la pureza del amor verdadero. “tanto di, tanto pedí y al final” es el reclamo de la autora, pero ¿a quién le hace este reclamo? ¿Al amor? ¿A la vida? Ella y sólo ella tiene la respuesta, aunque yo me aventuraría a suponer que es a ella misma a quien le está haciendo este reclamo. Sí. Infiero que deben haber sido muchas las expectativas con las que quiso construir el castillo de su amor, para al final encontrar la lección que la vida y el amor iban a darle. Son ahora las violas las que toman por asalto la melodía de la sinfonía, y con unas notas blancas como en un lento caminar, con unos registros muy altos nos dan la sensación de que el corazón de esta mujer está sangrando por una vieja herida.


El quinteto finaliza con el verso “descubrí que solo yo amé”. Cada acontecimiento en nuestra vida es un aprendizaje. Este verso no es más que una declaración de que la mujer ha tenido unas vivencias dolorosas, que su entrega al amor sólo le causó profundas heridas, que su búsqueda del amor resultó infructuosa, que ella fue la única en aportar sentimientos en su relación, que la melodía escrita para un dúo sólo fue interpretada por ella. Estamos ante la presencia de una coda en donde un oboe solista, acompañado por las cuerdas en pizzicato,repite el motivo principal de la sinfonía.


Pasamos ahora a la segunda estrofa compuesta de 4 versos.


Mi sexo húmedo de mar. Como dije anteriormente, el autor del poema juega con ventaja en la propuesta de su discurso, pero conmigo esa ventaja no cuenta. Quien saca provecho del As que sabiamente he sabido ocultar bajo mi manga, soy yo. Sí. Resulta que yo sé dónde nació la autora de este poema, por tanto puedo interpretar con mucha propiedad "mi sexo húmedo de mar". Aquellas personas que se tildan de conocerme bien, saben que no soy amigo de lisonjas, que además de la profesión de crítico de arte, la de subastador tampoco me agrada, bueno, confieso que la idea que tengo de un subastador es un estereotipo creado en mi intelecto luego de ver estos personajes en diferentes películas en las cuales se les ve halagar, enaltecer de manera exorbitante las bondades de los artículos que pondrán en la subasta. Por extensión, a mi persona se le puede aplicar el atributo de los procesadores de html WYSIWYG (What You See Is What You Get). Yo soy franco, lo que ves de mi persona, es lo que es. Por esta razón, la autora puede estar segura de que si al hacer mención de alguna de las figuras retóricas usadas por ella la califico de excelente, preciosa, magistral, etc., es porque lo estoy haciendo sin ninguna falsedad. Toda esta perorata argumentativa es porque me voy a referir a la magistral sinécdoque empleada por ella en este verso. Alguno dirá que estamos en presencia de una metáfora y no de una sinécdoque, yo les diré que ambas están presentes. Al escribir mi sexo, se cumple una condición de la sinécdoque “una parte es usada para representar el todo”. ¿Y qué vendría, entonces, a ser el todo? Su inocencia, sus anhelos, su pasión, sus ilusiones, su amor, su vida, ella misma. Mi sexo húmedo de mar hace alusión a las ilusiones, a la pasión recién descubierta luego de conocer a aquél quien es el objeto de sus íntimos anhelos. Este verso nos pareciera que pertenece al primer movimiento de la 7a sinfonía de Beethoven en el que al principio toda la orquesta invade los espacios y pareciera que somos invitados en una fiesta que se desarrolla de forma muy animada.


La cadencia de la sinfonía en estos momentos es muy vivaz, los cornos, el piano y los oboes cantan una bella y romántica melodía. Repleto de caracolas, ¡OH! Lengua española, cuánto te amo. Mira que usar la figura de unas caracolas para sugerir la idea de la alegría rezumante que se desborda por todo el ser de esta mujer. A pesar de que esta metonimia me emocionó por su belleza, sin embargo, confieso que en estos momentos, se me había trancado el serrucho. No soy muy ducho en rituales religiosos, de modo que no sabía a qué rito se refería la autora cuando de manera tácita nos relata que las caracolas con su canto estaban llevando a cabo una ceremonia ritual como preparación para el próximo encuentro con su amado. El primero de los rituales en ser descartado fue el de la religión hinduista que creen que el dios Vishnú sostiene una caracola con sus cuatro manos y que la sopla cuando asesina algún demonio, como signo de victoria. En Canarias las caracolas tienen dos usos, uno como instrumentos en fiestas populares, y el otro como alarma o como sistema para indicar inicio o fin del trabajo en el campo; pienso que este también debía de ser descartado. En Cantabria la caracola es usada como acompañamiento en la ejecución de la danza guerrera de la Baila de Ibio. Particularmente creo que como es usada la caracola en las en las islas del Pacífico y en regiones de Sudamérica, a manera de trompeta; para la señalización y el acompañamiento en danzas, es como no las quiso presentar la autora. Las caracolas cantaban un estribillo alegre como acompañamiento a la danza que muy pronto iban a ejecutar los amantes bailarines.


En todo el poema me encontré con dos versos que no quería comentar, el tercer verso del segundo cuarteto es uno de ellos. La reticencia a la interpretación de este verso se debía a la rabia y al miedo. Yo no tengo madera de héroe. No soy valiente. Rehuyo cualquier situación que ponga en peligro mi integridad. Por tanto, voy a solicitar de manera vehemente, que ustedes, intercedan ante la autora del poema, solicitándole clemencia y misericordia para mí. Tan seguro de que mañana saldrá el sol, imagino que la autora, después de leer este párrafo llamará a su compatriota residenciado en el Bronx para que contrate todos los sicarios que pueda para que me asesinen. “ofertado a un judas al”, si bien es cierto que el poeta al escribir, las palabras y las figuras retóricas se conjugan en una danza que de manera desaforada e impetuosa bullen en su intelecto. También son como un jardín de flores a cada cual más hermosa por su colorido, a cada cual desprendiendo la mejor de sus fragancias. “Ofertado”, este participio es como una nota discordante en todo el poema. Proviene del verbo ofertar. !No!. Que sentimientos encontrados me provocó este vocablo. !NO! !NO! !NO! Te odio lengua castellana. Me niego a que mi intelecto entienda el significado de este malvado vocablo. Ofertado, no imaginas cuanto te odio. ¡Ojalá no seas usado jamás en ningún escrito! Cuanta perversidad guardas en ti. Espero que la desafortunada elección de esta palabra tan ruin se debió a que su naturaleza tan maligna te haya jugado una mala pasada y se te haya presentado con un disfraz de buena, al igual que una lirio cobra, aunque creo, más bien que haya sido producto el dolor que afloró a tu herido corazón al recordar tan desagradables momentos. Te juro que estoy abrumado ante tanto dolor. Quisiera matarte ofertado. Ahora sí. “A lo hecho pecho”, o mejor “A poner el pecho por lo que voy hacer”. Si vieran mis manos, verían que tiemblan al pisar las teclas al escribir. Los compositores musicales, se valen de 3 recursos para crear interés a su composición, ellos son la disonancia, la resolución y el suspense. Si la cadencia de la melodía no se ve alterada por estos elementos, pudiera llevarnos al aburrimiento. Si, por ejemplo, al componer nuestra melodía lo hacemos con sólo acordes mayores, resultaría muy lineal, en cambio si usamos un acorde de séptima se le agrega mucha más fuerza y sonoridad, sobre todo en el intervalo de quinta o dominante. En nuestro verso creo que el uso del sustantivo judas como calificativo del pérfido amante fue una solución muy fácil, como una composición en tonos mayores, sin alteraciones en su cadencia, debido a que esta palabra ha adquirido una gran dimensión y se ha convertido en un icono del traidor. Perdón pido por este exabrupto, pero lo digo con toda la sinceridad que albergo en mi alma. Las cuerdas, especialmente los contrabajos, dominan la escena de este segmento del segundo movimiento de nuestra sinfonía.

El verso final de este cuarteto, retoma la belleza y sonoridad del poema. “que le di guardar un sueño”. Otra sinécdoque llena de colorido dramatismo. Nuestra heroína, no sólo le entregó su pasión al judas, sino que también le dio todo su capital, cuyos activos, valiosos de por sí, lo constituían sus ilusiones, sus sueños. ¡Ah ladrón! Ruega a Dios no te cruces en mi camino, mira que yo me he erigido como el paladín de los necesitados, y siempre tengo listos mi armadura, mi caballo y mi espada para vengar las heridas que personas tan siniestras como tú van infringiéndole a los desamparados como la autora de este poema. Son los metales los encargados de ofrecernos bellas notas parecidas a las canciones pastoriles.


La fe en la lengua española perdida en el tercer verso del cuarteto anterior, fue recobrada gracias al maravilloso símil “como Ariadna”. Yo diría que se merece el calificativo de maravilloso. Este es un poema que cuenta un suceso cataclísmico, si se me permite el término, creo haberlo leído en alguna reseña del Canto General de Neruda. El sujeto lírico de este poema con singular dramatismo nos habla de un episodio traumático ocurrido en su vida al recordar con amargura las vivencias de la traición sufrida por la actuación de un canalla a quien le entregó su pasión, sus sueños, sus ilusiones. Con contadas excepciones, cada verso destila tristeza y amargura. Como dije no todo es tristeza y amargura en este poema. Como si fuera la marquesina de un viejo cine ¿Cinema Paradiso?, que con sus luces de neón y en letras oscuras ofrece la proyección de una película que lleva por título “Como Ariadna”, es entonces, cuando me veo materializado en el cuerpo de Salvatore adulto, quien recoge el carrete que Alfredo había preparado para él y al proyectarlo en la vieja pantalla del cine observa una escena donde una bellísima mujer, quien debe ser Ariadna, yace en una playa, cuyas ropas mojadas no son más que una túnica azul celeste ribeteada de oro, que transparentada por la humedad insinúan la turgencia de unos bellos senos. A lo lejos se divisa una embarcación de las que él mismo usó al rodar alguna película alusiva a la Grecia antigua, se trataba de un tirrene, el cual atraca en un malecón de la pequeña isla. Del mismo se baja un hombre joven con el porte de un príncipe, se dirige donde yace la mujer, la llama por el nombre de Ariadna. Ésta se despierta y pronuncia el nombre del joven, ¡Dionisio!. La película continúa hasta terminar con la boda de Ariadna con Dionisio. De vuelta a la realidad, siento que a mi mente en raudo caminar, se agolpan una serie de oraciones y frases que poco a poco se van ordenando, de manera febril mis dedos se apoderan del teclado para escribir que este símil es un llamado a la esperanza. A pesar del abandono que experimenta porque su amado Teseo, a quien no le importó que ella le había dado el ovillo que estaba hilando, ni la espada mágica que le dio para derrotar al Minotauro y poder salir del laberinto, la abandonó en la isla de Naxos, en su subconsciente dormita la esperanza de que algún día vendrá Dionisio que desembarcando de su tirrene, vendrá a rescatarla. Unas trompas junto con los trombones cantan un motivo con un aire parecido al del cuarto movimiento de la novena sinfonía de Beethoven.


Te endiosé en mis versos. Te di un ovillo. Te puse en un pedestal. Te vi parecido al sol. Imagino a nuestra bella Ariadna entonando conmovida la canción escrita por el cubano César Portillo de la Luz, “No hay bella melodía en que no surjas tú, ni yo quiero escucharla si no la escuchas tú”. ¡Ah ceguera la de los cobardes! El fuego del infierno sería poco castigo para la pena que te mereces. Una viola solista, desarrollando una serie de movimientos de suave cadencia, le confiere a la escena un clima de decepción, de frustración.


Te canté en mis poemas. Cuantas noches con sus días debieron haber sido ofrecidos a Venus por ese amor. Cuantas veces habría de ser invocada Érato para que inspirara los más bellos cánticos en honor al gusarapo. Continúa la viola con sus acordes grises


Trozos de alma virgen. Todo este cuarteto ha sido impregnado por la decepción, la frustración de un alma que lo entregó todo para recibir a cambio el frío acero de la puñalada “trapera” que le desgarró el corazón. Sólo espero que pronto Némesis se te presente en el cuerpo de otra de tus víctimas y ejecute su justicia. La sonoridad de nuestra sinfonía es el producto de toda la orquesta que en cadenciosos y raudos movimientos nos advierten que muy pronto terminará este movimiento.

Estrofas de dos versos son poco comunes en la poesía, recuerdo muy pocas, tal vez el que mejor recuerdo es el "Poema de la culpa" de José Ángel Buesa. Aquí necesito la ayuda de algún especialista en pragmática o en métrica, pues no tengo el término para categorizar esta estrofa, aunque la forma y la estructura es lo que menos me ha preocupado durante esta lectura. Sé que ustedes serán los que esta vez prenunciarán el ¡Guau! Aunque yo preferiría el zulianismo ¡Vergación! “SOLO FÚTILES PALABRAS QUEDAN” ¡Vergación! ¡Vergación! ¡Epa gusarapo! Como me encantaría que leyeras esta sentencia y que vieras que fue lo que tu traición provocó en aquella que te endiosó en sus versos y te cantó en sus poemas. Por si no entiendes el significado de fútil es algo así como que vale menos que nada. Sólo palabras que pesan menos que el tamo, es lo que queda de su núbil pasión. Variación del tema desarrollado en el movimiento anterior, pero ahora con mucho menos brío por los violines y contrabajos.


Ya les había comentado que en el poema, me había encontrado con dos versos a los que no quería comentar. El primer trago amargo ya pasó. Este verso, se me antoja como que está fuera del plano general de todo el discurso. Como una piedra en el zapato comenzó a molestarme desde la primera vez que tuve contacto con el poema. de aquel amor fortuito; la ensoñación, la fantasía, la pasión y las ilusiones que le provocaron el amor intenso que sintió por su amado, se transformaron en tristeza, rabia, amargura, en nada. Pero, por qué llamar a ese amor, fortuito, tuve que revisar varias herramientas de la lengua española como diccionarios, léxicos entre otras, para lograr entender el porqué de semejante calificativo. En un artículo de una página web encontré la siguiente exposición acerca del vocablo fortuito: “Se dice que una cosa ha sucedido de modo fortuito cuando no podía esperarse; cuando este caso, este acontecimiento no estaba dentro del círculo de lo verosímil. Un pedrisco que destruye un sembrado, una huerta, un jardín, es un caso fortuito; porque es una cosa que no se espera. El incendio de una casa por un rayo, es otro caso fortuito, por la misma razón.” Ahora sí. Todo estaba claro. Ella nunca esperó, primero, enamorarse de la forma como lo hizo, tampoco el abandono y la traición. Pobre de mi niña, cuánto debiste haber sufrido. En este último segmento del quinto movimiento de nuestra sinfonía está maracado por un adagio lamentoso, con aires del finalle de la Sinfonía Patética de Tchaikovsky.


La autora, no quiere extenderse mucho al contarnos su tragedia. Su discurso está llegando a su final. Esta última estrofa compuesta de cinco versos sencillos pero cargados de un lirismo desgarrador.


Iniciaremos el viaje. El boleto, pagado a tan alto precio, en la lotería del amor, no salió premiado. No queda otra cosa que hacer las maletas y abordar el autobús de la esperanza. Si hay algo que le agradezco a la vida es por los sentimientos de empatía con que fui dotado al nacer, y esta oración en futuro, despertaron en mí el deseo de trasladarme en el acto hasta la terminal en que nuestra heroína, con sus ojos inundados por el llanto ocasionado por los tristes recuerdos, espera abordar un autobús que aún no sabe adonde la llevará, y blandir la gloriosa espada que le pedí a prestada a Mario Benedetti que fue bautizada con el nombre de “Hagamos un trato”, y decirle a mi niña, “compañera usted sabe que puede contar conmigo”.


El camino del olvido. Cuantas veces he recorrido ese camino, y puedo decir que es feo, horrible, tenebroso; paisajes desolados, cuestas empinadas, a cada lado de la vía se ven esqueletos, personas que rendidas por el sufrimiento no quieren continuar, ni una flor, ni el canto de un pájaro, nada, sólo se oyen los gritos lastimeros de las almas cual penitentes caminan hacia un destino incierto. A pesar de que en cada pulgada que recorremos hay personas que caminan delante de nosotros, la soledad y el vacío son las únicas sensaciones que experimentamos. Un cielo gris y encapotado ejerciendo presión sobre nuestros hombros hace que sintamos que nos hundimos en el cieno y el limo que poco a poco ha ido invadiendo el sendero. Por experiencia vivida, sé lo que te espera al final del mismo. Es posible que algún compañero de penas, te ofrezca estar a tu lado para continuar. También es posible que antes de llegar a la encrucijada con la que te encontrarás y en la que tendrás que escoger cuál vía tomar, esté ese ángel que te tomará y te sacará de ese horrible lugar.


Yo con dolor veré que. Un clímax digno de este poema. Imagino a uno de los mejores jugadores de béisbol de todos los tiempos, quien ha ganado todos los títulos individuales que jugador alguno haya podido ganar, pero que en su alma se bate el deseo de ganar algún día un campeonato. Está en su última temporada, ya su cuerpo no dará para más. Su equipo logró llegar a la serie final. Luego de perder el último juego, al terminar de recoger sus pertenencias, sube a las tribunas y evoca su último turno al bate, el juego lo gana el equipo contrario por la mínima diferencia, hay un corredor en primera, el pitcher hace su lanzamiento, su bate hace contacto con la pelota, siente que saldrá del parque, con emoción inicia su carrera por las bases, de pronto el center field en un grandioso esfuerzo, se apoya en los tubos que sirven de contención en los bleachers con la mano libre y con la enguantada atrapa la bola que ya había sido cantada ¡HOME RUN! por el narrador. Los fanáticos del equipo vencedor invaden el campo para felicitar al héroe, y lo levantan en hombros hasta llevarlo al dugout. Mientras tanto, nuestro veterano jugador ha volteado hasta el palco donde su familia veía el juego, y ve como su nieto ha irrumpido en un llanto estremecedor. No sé cuánto dolor habrás de experimentar. Pero si te digo que no sólo mis hombros están dispuestos, todo yo, lo estoy.


Nunca fuiste mío. Tarde para descubrir esa verdad, debiste de haberlo sentido en sus caricias, en sus besos, en sus palabras, en su mirada, en sus gestos. El olor a traición es algo que estos seres no pueden ocultar. No lo digo a modo de recriminación, ni compasión. Lo digo para animarte. Y si aparece otro canalla de su misma ralea, las cicatrices dejadas por las heridas que te propinó el malvado, te servirán de acicate para afrontar cualquier situación por muy inquietante que se presente. Durante estos cuatro segmentos de este último movimiento de nuestra sinfonía la totalidad de los instrumentos han estado repitiendo con algunas variaciones el motivo del primer movimiento para hacernos recordar el canto de tristeza de la doncella que llora la traición de su amado.


Y al final diré que yo amé sola. No hay lágrimas, ya se secaron sus fuentes. No hay recriminación, para qué. Sólo el reconocimiento que tú fuiste la única que bailó la grotesca danza. Que tu partner solo actuó como el personaje central de "El Burlador de Sevilla y el Convidado de Piedra". Ojalá que tenga el mismo final que le aconteció a Don Juan Tenorio en dicha obra. El clímax que nos tenía preparado nuestro compositor es sencillo, unas cuerdas en una corta cadencia con notas descendentes en tonalidad de La bemol menor entintan de gris la escena, culminando con una especie de fanfarria interpretada por los metales, las maderas y los timbales.


Aunque soy de naturaleza sensible, y cualquier situación dramática, abre los grifos de los tanques de mis glándulas lloriqueras, perdón lacrimosas, o es lagrimales. Whatever, perdón, pero me gusta como suena, reconozco que esta lectura no me dejó triste, ni con mal sabor de boca. Este poema es escrito para cualquiera que acepte el reto de leerlo. Es conmovedora la forma como su autora nos describe sus vivencias de su “amor fortuito”. Sin detenerme en disquisiciones estilísticas y estéticas, puedo asegurar que este poema debe de ser de lectura obligada por cada mujer, independientemente, si haya sido o no traicionada por algún vil varón, los cuales deberían de ser enviados sin boleto de regreso a alguna región donde las Erinias los atormenten cada segundo de sus miserables vidas, y que les muestren a sus víctimas ya rehechas de sus heridas, con sus rostros llenos de felicidad al lado sus dionisios. De igual forma pienso que hay un vestigio de esperanza en donde la heroína del poema se compara con Ariadna. También debería de ser leído por cada hombre para que tomen conciencia de lo ruines que podemos ser algunos de nuestros congéneres. 


©José Rodríguez

Réquiem a la soledad

Yoni Cruz ilustrador

Sabía que existías, qué color o formas tenias no.
Desde que el primer polvo cósmico surgió sabia venías en él
qué lenguaje hablarías, que gustos tendrías no, pero sabía serías tú.

Qué color, sexo o sabor tendrías, no.
Sabía que compartíamos el mismo hogar; donde vivías, no.
Te pertenecía, me pertenecías, te amaba, nos amábamos, aún
sin saber con quién dormías.... Te hallé,, me hallaste, como
manantial que atrae al sediento me llamaste... Hoy mi vida esta a
tus pies, a tus manos, a tu boca, a tus ojos....

Las palabras no son necesarias, todo se sobreentiende, todo se
presiente, no hay nada que decir, ya todo está dicho, te llegó mi
carta de presentación, la tuya la inventé yo...

Mi alma vieja pero sin arrugas,  caminó hacia  a ti, tenemos la misma
estatura, no necesitamos mirarnos a los ojos para comunicarnos, la
lengua materna nos trajo el sonido que dice todo en un suspiro... 
Las heridas necesarias fueron sanadas, el Dios del amor lo hizo todo,
inventó y reinventó el camino que nos llevó a encontrarnos
nuevamente con nuevos cuerpos, nuevos rostros, nuevos sexos,
que se engullen y reproducen cada vez...

Tan larga espera merece un nuevo concepto de tiempo,
los segundos, minutos, horas, días, noches, semanas, meses y años,
no son válidos recursos, Dios no acepta esos términos, no los entiende, yo tampoco, soy la diosa de tu  amor y como tal no puedo aceptar esos preceptos....Inventaremos un nuevo invar y elivar...

Ya todo está dicho, te esperaba, te presentía como profecía
mal contada, ya nada nuevo brilla bajo el sol, no hay mas nada que decir,
lo repito, no hay nada que decir, nuestros besos lo dicen todo,
nuestros sexos lo dicen todo, ellos bailan una danza que reinventa el milagro...





Wednesday, August 31, 2011

Culpables


Yoni Cruz ilustración
Tengo la ligera sospecha, de que ellas son las culpables de este maldito dolor que  no se ve, ellas que circulan libremente por mi cuerpo, y me arrastran como  hoja seca llevada por la corriente de agua turbia, producto de las lluvias de mayo, que no se sabe a qué río irán a parar.

O quizás sea de Shakespeare con su grandilocuente pregunta de ser o no ser, porque la traigo atravesada desde hace varios siglos atrás y todavía no consigo responderla, actúo como político de mierda que dice mucho y no dice nada....

Tal vez sea por mi atrasada manía de tejer historias alrededor de acontecimientos sencillos, de imaginar respuestas que me llegan sin sonidos ni formas...

Pero lo cierto es que muero en cada movimiento de las manecillas del reloj, ese reloj que esta tan destartalado como mis pensamientos.

Hoy me duele más que nunca la mirada de esa niña que me dice "Mercy Madam" y me extiende sus manitas azabaches, y me siento tan poca cosa, tan impotente, ante un mundo que se jacta del brillo y esplendor del oro, mientras otros, otros solo tienen el consuelo del llanto...

Y ese mismo llanto, me envuelve, me devora. Todavía sigo elucubrando, buscando a los culpables de mi inevitable muerte. Súbitamente percibo que se han marchado, dejándome sola con mi llanto, con mis preguntas, con mi agonía de mujer en parto, pero no es de extrañar, así siempre actúan los cobardes... Y ellas no son la excepción, ellas no son menos cobardes por ser femeninas...

Monday, August 29, 2011

Lisbon Revisited

Foto cortesia del blog My Dancing Days


Fernando Pessoa
(Versión de Francisco Cervantes)

No; no quiero nada.
Ya dije que no quiero nada.

¡No me vengan con conclusiones!
La única conclusión es morir.

No me traigan estéticas.
¡No me hablen de moral!
¡No me muestren sistemas completos, ni me enumeren conquistas
de las ciencias (¡De las ciencias, Dios mío, de las ciencias!)
de las ciencias, de las artes, de la civilización moderna!

¿Qué mal les hice yo a todos los dioses?

Soy un técnico, pero tengo técnica sólo dentro de la técnica.
Aparte de eso estoy loco, con todo el derecho a estarlo.
¿Lo oyeron? ¡Con todo el derecho a estarlo!

¡No me den lata, por el amor de Dios!

¿Me querían casado, fútil, cotidiano y tributante?
¿Me querían lo contrario de esto, lo contrario de cualquier cosa?
Si fuese otra persona, les haría a todos su voluntad.
¡Así como soy, ténganme paciencia!
¡Váyanse al diablo sin mí
o déjenme que me vaya solo al diablo!
¿Para qué habríamos de irnos juntos?
No se me prendan del brazo.
No me gusta que se me prendan del brazo.
Quiero estar solo.
¡Ya dije que estoy solo!
¡Ah, de manera que querían que sirviera de compañía!

¡Oh cielo azul –el mismo de mi infancia-
eterna verdad, vacía y perfecta!
Oh, suave Tajo, ancestral y mudo,
Pequeña verdad donde el cielo se refleja.
Nada me das, nada me quitas, nada eres de lo que yo me sintiera.
(Oh pena, vista de nuevo, Lisboa tan anterior a hoy).

¡Déjenme en paz! No me tardo, que yo nunca me tardo…
¡Y en tanto tardan el Abismo o el Silencio quiero quedarme solo!

Fernando Pessoa

Thursday, August 18, 2011

Mi primer Poemario: En la soledad de mi cama. Nota Listín Diario para Madrid



«LITERATURA

“En la Soledad de mi cama” será puesto a circular este sábado en Madrid

Santo Domingo
El libro de poemas “En la Soledad de mi cama”,  de la escritora dominicana Lourdes Batista, será puesto a circular hoy a las siete de la noche,  en el Centro Hispano Dominicano en Madrid, España.

La actividad, organizada por la Asociación Cultural y de Cooperación de Desarrollo Biblioteca República Dominicana, contará con la participación de Isidra Mejía, Norberto Azor, Mayobanex Pérez, Daniel Tejada y Rosa Silverio, quien tendrá a su cargo la presentación de la obra.

Lourdes Batista es una periodista y empresaria dominicana residente en estados Unidos desde hace casi veinte años y puso a circula su obra en la XV Feria Internacional del Libro, celebrada en la Plaza de la Cultura de Santo Domingo.

 Batista ha dicho que este poemario es el producto de su pasión de toda la vida por los libros y una forma de expresar sus sentimientos, vivencias y su voz como mujer.

La pieza literaria, que ya fue traducida al idioma inglés, tiene 48 páginas en las que son desgranados 30 poemas. Sobre uno de estos poemas “Efluvio,” el prologuista Leopoldo Minaya afirma: “En Efluvios, Lourdes Batista alcanza la plenitud de su expresión, momento de magia y sutileza: el relato poético desenreda un caudal vívido de sugerencias profundas”.



Minaya presentó el libro en la Universidad de Columbia, en Nueva York, y el poeta José Alejandro Peña hizo lo mismo en la puesta en circulación de la IX Feria del Libro de Escritoras Dominicanas, en EEUU, en el Comisionado de Cultura de República Dominicana, también en Nueva York.
Fuente:
https://www.listindiario.com/la-vida/2012/08/25/244750/print

Tuesday, July 12, 2011

Metus


         

Con tu nombre en mis labios
las dudas asaltan, hieren...
Me clavan sus garras en la carne que sangra.

Fui tuya, fuiste mio,
en una entrega donde el destinatario no tenia dirección.
Los besos se perdieron en el camino.
No registro el sabor de tus labios.

Fue nuestra primera vez,
y golosos comimos del maná de los abuelos.
Te orillaste al manantial de la fuente de la vida
de la cual me diste a beber….

Llegamos los dos a un camino sin salida.
Mi sexo te reclama, estoy perdida…
Te busco,  no encuentro nada...
solo puedo ver mis manos vacías.

©Lourdes Batista

Sunday, July 10, 2011

Hoy te recuerdo

  
De izquierda a derecha Alicia Estévez, Yo, embarazada de mi hijo Ray, Carlos Goico y una amiga de él, de la cual no recuerdo su nombre. 1990.
Recuerdo nuestras conversaciones en "La Cafetera Colonial" de la calle el Conde, donde nos reuníamos con nuestro grupo de amigos. Hablábamos de arte, música, filosofía, del amor, de tantas cosas. Al principio se me hacía difícil entender por qué Carlos prefería vivir en el hospital psiquiátrico del KM 28 de la autopista Duarte, a quedarse entre nosotros. Le ofrecí decenas de veces el buscarle un lugar donde vivir "entre la gente civilizada" siempre la misma negativa de parte de él.... "No Lourdes, allá yo me siento bien, tengo espacio, silencio para poder pintar, además los doctores me quieren y tengo asegurados cinco días de comida". Cinco días en los cuales Carlos no tendría que preocuparse por la supervivencia, ya el resto era otra historia.
Él vivía en ese hospital psiquiátrico, de lunes a viernes; los viernes por la tarde llegaba a la Zona Colonial y ahí empezaba nuestra jornada. Tomar café en la Cafetera Colonial, mas tarde salir a caminar, a veces hasta la madrugada y conversar, conversar, conversar. En esa época se podía caminar de madrugada por la Zona, sin que fueras víctima de asalto. También podíamos ir a alguna fiesta de amigos comunes, ir al cine, o quedarnos en algún bar... Podíamos ir a mi casa a inventar un cocinao. Una vez, Carlos me cocinó unos espaguetis con azúcar, supuestamente era una salsa especial que el sabia preparar. En esos casos, aprovechaba y se daba una ducha.

En esa época Carlos no tomaba alcohol, a lo más lejos que llegaba era a Sangría. Nosotros no, nosotros bebíamos, RON, vino, cervezas... Claro y no faltaban nuestros inseparables compañeros: Los cigarrillos. En esa época era yo una fumadora empedernida, como él y compartíamos ese vicio con mucho gusto. Creo que en nuestro grupo solo fumábamos él y yo, no recuerdo si los demás lo hacían. De  quien sí recuerdo que nunca lo hizo fue mi amiga: La compañera Alicia Estévez (Inocencia para mí y su familia).

Recuerdo nuestras largas caminatas por El malecón también. Otras veces, él subía de la calle El Conde conmigo hasta la Duarte con Paris, donde yo tomaba un carro para aquel lado, (vivía en ese entonces en Sabana Pérdida), y Carlos se despedía de mi, iría en búsqueda de algún joven que le diera su amor, a cambio de unas cuantas monedas.

El periodista dominicano José Rafael Sosa dice en ocasión de la partida de Carlos en su blog: "Carlos Goico fue uno de los grandes artistas dominicanos, que no se asimiló al "stablisment" del mercadeo de la plástica.

Su talento indudable, marca la plástica dominicana. Pero no tenía glamour y perdió, por ser pobre, sus relaciones primarias con el ambiente culto".  En realidad a Carlos le interesaba un pepino, el glamour, la gente culta, con dinero. Él trataba y amaba a sus amigos por lo que eran, no porque le pudieran comprar un cuadro. Recuerdo que me ofrecí como voluntaria Relacionadora Pública, así como también un arquitecto amigo de Carlos, a representarlo, tratar de vender su imagen, su arte, introducirlo a ese medio culto, y Carlos asistió, creo solo a una o dos reuniones, no le interesaba el tema. Carlos fue libre y murió libre, quizás solo prisionero de sus propios sueños y deseos.

El era un ser de otro planeta que salió una tarde a pasear, se perdió y cayo aquí, estuvo durante toda su estancia tratando de encontrar el regreso a su hogar. Él venia de un mundo mágico el cual nosotros no entendíamos. 

Hoy 10 de Julio del 2011 a dos años de tu partida  te recuerdo querido amigo del alma, querido compañero de madrugadas inolvidables.

Tuesday, March 15, 2011

Mujer frente al espejo,


Me miro en el espejo
y la mujer que veo reflejada no la conozco.

¿Dónde está aquella joven de grandes
ojos de mar que creía en la ternura?

Sonrío y el espejo me regala una mueca,
la cámara lo confirma.

¿Pero quién soy yo? ¿Soy una catástrofe natural,
un huracán, un aguacero, una lluvia que no cesa,
un éter liquido, o un manantial?

¿Pero quién es esa mujer, que me sonríe,
me habla,  me saluda... ¡No la puedo recordar!

Los años suman, los sueños bajan.
Me miro en el espejo nuevamente y no veo nada.
©Lourdes Batista   

Sunday, March 13, 2011

Crossing 365



Las palabras para describir el dolor no existen,
tendría que inventarlas e invertirlas y quizás solo así
podrían hacer su labor.

Apariencia, dolor, muerte, soledad...
En abismal oscuridad se debate mi alma
moribunda de esperanza...

Las palabras simples formas huecas,
que no pueden revelar como muero en cada partícula de tiempo.
El verde se transformo en oscuro, gris, incoloro y se murió la esperanza...
¿Pero de qué hablo? ¿De colores? ¿De tiempo? ¿De esperanza?

Si lo que quiero decir es que mi alma esta sangrando opacidad...
Detener el reloj, sujetar fuertemente sus agujas,
quebrarlas en un suspiro y salir a respirar el aire fresco que no llega....

Si las palabras pudieran....










Wednesday, March 2, 2011

Requiem - Silvio Rodríguez (xhla)

Versainograma a Santo Domingo, Abril 1965.-

Perdonen si les digo unas locuras 
en esta dulce tarde de febrero 
y si se va mi corazón cantando 
hacia Santo Domingo, compañeros.
Vamos a recordar lo que ha pasado 
desde que don Cristóbal marinero 
puso los pies y descubrió la isla. 
¡Ay mejor no la hubiera descubierto! 
Porque ha sufrido tanto desde entonces 
que parece que el Diablo y no Jesús 
se entendió con Colón en este aspecto.

Estos conquistadores españoles 
que llegaron de España con lo puesto 
buscaban oro, y lo buscaban tanto, 
como si les sirviese de alimento.

Enarbolando a Cristo con su cruz 
los garrotazos fueron argumentos 
tan poderosos que los indios vivos 
se convirtieron en cristianos muertos.

Aunque hace siglos de esta historia amarga 
por amarga y por vieja se la cuento 
porque las cosas no se aclaran nunca 
con el olvido ni con el silencio.

Y hay tanta iniquidad sin comentario 
en la América hirsuta que nos dieron 
que si hasta los poetas nos callamos 
no hablan los otros porque tienen miedo.

Ya se sabe que un día declaramos
la independencia azul de nuestros pueblos
uva por uva América Latina
se desgranó como un racimo negro
de nacionalidades diminutas
con mucha facha y con poco dinero.

(Andamos con orgullo y sin zapatos 
y nos creemos todos caballeros.)

Cuando tuvimos pantalones largos 
nos escogimos pésimos gobiernos 
(rivalizamos mucho en este asunto: 
Santo Domingo se sacó los premios).

Tuvo de presidentes singulares 
déspotas sanos, déspotas enfermos, 
tiranos tontos y tiranos ricos, 
mandones locos y mandones viejos.

En esta variedad un tanto triste 
tuvieron a Trujillo sempiterno 
que gracias a un balazo se enfermó 
después de cuarenta años de gobierno.

Podríamos decir de este Trujillo 
(a juzgar por las cosas que sabemos) 
que fue el hombre más malo de este mundo 
(si no existiese Johnson, por supuesto).

(Se sabrá quién ha sido más malvado 
cuando los dos estén en el infierno.)

Cuando murió Trujillo respiró 
aquella pobre patria de tormentos 
y en un escalofrío de esperanzas 
subió la luna sobre el sufrimiento.

Corre por los caminos la noticia, 
Santo Domingo sale del infierno,
por fin elige un presidente puro:
es Juan Bosch que regresa del destierro.

Pero no les conviene un hombre honrado 
a los gorilas ni a los usureros. 
Decretaron un golpe en Nueva York: 
lo echan abajo con cualquier pretexto, 
lo destierran con su Constitución, 
instalan a cualquier sepulturero 
en el trono del mando y del castigo. 
Y los verdugos vuelven a sus puestos.

“La democracia representativa 
ha sido restaurada en ese pueblo” 
dijo El Mercurio en un editorial escrito 
en la embajada que sabemos.

Pero esta vez las cosas no marcharon. 
De un modo inesperado aunque severo 
a norteamericanos y gorilas 
les salieron tornillos en el queso. 
Y con voz de fusiles en la calle 
salió a cantar el corazón del pueblo.

Santo Domingo con su pueblo armado 
borró la imposición de los violentos: 
tomó ciudades, campos, y en el puente,
con el pecho desnudo y descubierto, 
aplastó tanques, desafió cañones.

Y corría impetuoso como el viento 
hacia la libertad y la victoria, 
cuando el texano Johnson, el funesto, 
con la sangre de muchos en las manos, 
hizo desembarcar sus marineros.

Cuarenta y cinco mil hijos de perra 
bajaron con sus armas y sus cuentos, 
con ametralladoras y napalm, 
con objetivos claros y concretos: 
“poner en libertad a los ladrones! 
y a los demás hay que meterlos presos!”.

Y allí están disparando cada día 
contra dominicanos indefensos.

Como en Vietnam, el asesino es fuerte, 
pero a la larga vencerán los pueblos.

La moraleja de este cuento amargo 
se la voy a decir en un momento 
(no se lo vayan a contar a nadie: 
soy pacifista por fuera y por dentro!):
Ahí va:
Me gusta en Nueva York el yanqui vivo 
y sus lindas muchachas, por supuesto, 
pero en Santo Domingo y en Vietnam 
prefiero norteamericanos muertos

Pablo Neruda


Sunday, January 9, 2011

 Yo


Este día amaneció azotando mi vida
con los demonios de la nostalgia y las dudas..
Prototipos nublan mi razón.
Cristalinas gotas
desangran este corazón
en donde llueve profundo…
Y me pregunto por qué tiene que ser así.
¿Por qué tiene que doler el amor?
¿Por qué tienen que doler los recuerdos?

¿Por qué no irse volando en ese aire
contaminado de evocaciones desagradables?
Pero no. Siguen ahí recordándome que existo,
cuando lo que quiero es precisamente eso:

Hoy amanecí tumbada en la cama
sin deseos de interactuar con el mundo.

Este mundo que no sabe que yo existo,
que no sabe que un corazón se desangra
en gotas de lluvia que regaran la tierra
que darán vida a ese mismo mundo
que no quiere dejar de ignorar
que estoy viva y siento…

Y no quiero existir.
Quiero ser invisible ante tus ojos
embriagados de esperanza…
©Lourdes Batista

Thursday, December 30, 2010

El perro del teléfono



Fui con mis dos niñas a visitar la casa de una amiga de la niña mayor. Allí coincidimos con una vecina que hablaba con desparpajo de que tenía 7 perros, 3 gatos, dos pájaros cantores, una cotorra, un cerdo, dos monos y un sapo gigantesco.
Obviamente ella era aficionada a los animales. Uno de sus perros había sido cruzado con el perro del hijo de la señora de la casa y de esta unión resultaron 5 perritos, la señora vendió 4 de los cincos gallardos y bellos ejemplares, pero guardó uno para ella.
Rápidamente me ofreció uno de sus perros, mas le contesté que ya teníamos dos hembras.
—Este es el macho que le falta para completar su camada —dijo mirando a las niñas con malicia.
Ellas me miraron con ojos de borrego degollado, y con una dulce y melodiosa voz al unísono dijeron:
—Mami, si lo aceptas, será nuestro regalo de Navidad; no pediremos nada más.
Empecé a balbucear palabras incoherentes. Mis pensamientos viajaban velozmente: ¿Dónde lo colocaré?  ¿Le gustará a mis perritas? ¿Qué dirá mi esposo de esto, lo aceptara?   Salí del mundo de las preguntas y le impetré a la señora:
—¿Podría verlo? ¿Puede traerlo? Después que lo vea le daré mi respuesta...
La señora salió presurosa a buscar al susodicho.
—Su nombre es Oreo, como las galleticas de chocolate con crema de leche. Es muy gracioso, cariñoso y adorable.
Al rato llegó en brazos del hijo de la señora, envuelto en una sabanita roja. Tenía patas largas, de color negro con manchones blancos de ojos grandes y una mirada nostálgica que me cautivó. Movida por un resorte inexplicable, sin saber cómo, dije:
—¡Está bien! Me lo llevo.
Transcurridas dos semanas me asaltaron pensamientos oscuros, de indecisión... El Coco Oreo (que así lo bautizamos) no escucha razones, se orina donde le place, defeca debajo del piano, (parece le gustan las sonatas de Beethoven), su obsesión es dormir acompañado, salta de cama en cama...
Pero una mañana tomé el teléfono de la casa para llamar y me dio el tono de ocupado. Chequee el de la cocina… estaba en su cargador. Fui a la habitación de mi hijo y ¡zapsss!
¡El cargador estaba vacío! Descubrí asombrada que el artefacto estaba en la cama de Coco Oreo...
Me pregunté quién habría puesto ese aparato ahí. Lo coloqué nuevamente en su lugar. Me dirigí a mi habitación.
Un largo tiempo después, intento llamar de nuevo y percibo el mismo tono de ocupado. Repito la misma operación y Coco Oreo tenía de nuevo la bocina en su cama debajo de él...
Entonces comprendí por qué la señora amante de los animales quiso hacernos aquel simpático regalo. Todavía me pregunto: ¿De quién esperaba llamada mi perro?

Thursday, December 16, 2010

El Tamaño de las Personas


 Una persona es enorme para uno,
cuando habla de frente y vive de acuerdo a lo que habla,
cuando trata con cariño y respeto, cuando mira a los ojos y sonríe inocente.

Es pequeña cuando sólo piensa
en si misma,y le hace creer a los otros que piensa en ellos
cuando se comporta de una manera poco gentil,
cuando no apoya, cuando abandona a alguien justamente en el momento
en que tendría que demostrar lo que es
más importante entre dos personas:
La Amistad, el compañerismo, el cariño, el respeto,
el celo y asimismo el amor.

Una persona es gigante cuando se interesa por tu vida,
cuando busca alternativas para tu crecimiento,
cuando sueña junto contigo…
Cuando trata de entenderte aunque no piensen igual

Una persona es grande cuando perdona, cuando comprende, cuando se coloca
en el lugar del otro, cuando obra,
no de acuerdo con lo que esperan de ella, pero de acuerdo con lo que espera
de si misma.

Una persona es pequeña cuando se deja regir por comportamientos clichés.
Cuando quiere quedar bien con todos,cuando maneja a la gente
como un titiritero y lamentablemente siempre hay gente
que no tiene convicciones y se deja manejar….

Una misma persona puede aparentar grandeza o pequeñez
dentro de una relación,
puede crecer o disminuir
en un corto espacio de tiempo.

Una decepción puede disminuir el tamaño de un amor que parecía ser grande.
Una ausencia puede aumentar el tamaño de un amor que parecía ser ínfimo.
Una decepción puede terminar con el respeto por alguien…de muchos…
Una acción correcta puede enaltecer a otros

Es difícil convivir con esta elasticidad:
las personas se agigantan y se encogen a nuestros ojos.
Ya que nosotros juzgamos a través de centímetros
y metros, sino de acciones y reacciones,de verdades o falsedades
de expectativas y frustraciones.

Una persona es única al extender la mano,
y al recogerla inesperadamente, se torna otra.
El egoísmo unifica a los insignificantes,a los perdedores,
a los falsamente llamados diplomáticos.

No es la altura, ni el peso,ni la belleza
ni un titulo o mucho dinero lo que
que convierte a una persona en grande…
es, su honestidad, su decencia…su amabilidad y respeto
por los sentimientos e intereses de los demás
Por su sensibilidad sin tamaño…


 William Shakespeare

Persecucion


Dudas, confusiones, palabras que no nacen,
que se quedan en pensamientos....
Angustia, de nuevo las dudas,
confusión, preguntas sin abrir la boca,
sueños, soledad, sexo no sexo,
libertad, atadura...
Feminismo, machismo,
cultura o ignorancia,
ser o no ser,
existo o no existo,
todos esos demonios me persiguen en esta maldita noche....
©Lourdes Batista

Sunday, December 12, 2010

Discurso del premio Nobel de Literatura 2010





Foto cortesia de Ulla Montan/Norstedts
Mario Vargas Llosa


Elogio de la lectura y la ficción

Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.
La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.
Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.
No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma –la escritura y la estructura– lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.
Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.
Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.
Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.
La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julián Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.
Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos –aunque nunca llegaremos a alcanzarla– a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.
En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy –que trato de ser– fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoeslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-François Revel, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china.
De niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de días domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roman y los discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del general de Gaulle. Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.
De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones, América Latina ha ido progresando, aunque, como decía el verso de César Vallejo, todavía Hay, hermanos, muchísimo que hacer. Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudodemocracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua. Pero en el resto del continente, mal que mal, la democracia está funcionando, apoyada en amplios consensos populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder. Ése es el buen camino y, si persevera en él, combate la insidiosa corrupción y sigue integrándose al mundo, América Latina dejará por fin de ser el continente del futuro y pasará a serlo del presente.
Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte. En todos los lugares donde he vivido, en París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington, Nueva York, Brasil o la República Dominicana, me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde podía vivir en paz y trabajando, aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convertido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman “las raíces”, mis vínculos con mi propio país –lo que tampoco tendría mucha importancia–, porque, si así fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fuera del país donde nací ha fortalecido más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al país en que uno nació no puede ser obligatorio, sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí.
Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he hecho siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del apartheid de Africa del Sur, la de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo volvería a hacer mañana si –el destino no lo quiera y los peruanos no lo permitan– el Perú fuera víctima una vez más de un golpe de estado que aniquilara nuestra frágil democracia. Aquella no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los demás desde su propia pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.
Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de “todas las sangres”. No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeo-cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y la lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el África con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el Aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!
La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica. Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo con toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.
Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso –triste consuelo– descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía. Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.
De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta entonces prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Para mí, aquellos fueron unos años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza: que el final de la dictadura era inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal.
Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de como, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de las novelas del realismo mágico. La transición española del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades tercermundistas a un país de clases medias, su integración a Europa y su adopción en pocos años de una cultura democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la modernización de España. Ha sido para mí una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz.
Detesto toda forma de nacionalismo, ideología –o, más bien, religión– provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.
No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del “otro”, siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.
El Perú es para mí una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis tíos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido burrito, al que los piuranos de mi juventud llamaban “el pie ajeno” –lindo y triste apelativo–, donde descubrí que no eran las cigüeñas las que traían los bebes al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obrita escrita por mí. Es la esquina de Diego Ferré y Colón, en el Miraflores limeño –la llamábamos el Barrio Alegre–, donde cambié el pantalón corto por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas partes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo, enconado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial. Y el Perú son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres años, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.
El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: “Mario, para lo único que tú sirves es para escribir”.
Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.
Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. “Escribir es una manera de vivir”, dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.
Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia, sobre todo cuando veía alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos años de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquella era una historia para el teatro, que sólo sobre un escenario cobraría la animación y el esplendor de las ficciones logradas. La escribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena, con Norma Aleandro en el papel de la heroína, que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que, a mis setenta años, me subiría (debería decir mejor me arrastraría) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía, vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan Ollé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (pese al pánico que la acompañó).
La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.
Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas –rayos, truenos, gruñidos de las fieras–, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.
Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.
De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.

Estocolmo, 7 de diciembre de 2010.

La mujer desnuda: El poema desnudo, por Odalís G. Pérez

Odalís G. Pérez El poema desnudo tiene su origen en la palabra desnuda y en el cuerpo verbal desnudo, acentuado en el lirismo que d...